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Un ambiente seguro para aprender

Les quiero platicar la historia de una alumna muy especial para mí. En mis más de diez años dando clases, ella no es la única alumna especial en mi corazón, pero sí una de las que más me enseñó. Me dejó una lección muy valiosa y es por eso que quiero compartirles esta vivencia. Para esto, primero les voy a contar un poco de mí.

Como decía, tengo ya más de diez años involucrada en la educación. Comencé dando clases de inglés en una escuela a los 18 años y la docencia me atrapó de tal manera que decidí que la educación era el área a la que quería dedicar mi vida. Estudié la licenciatura en Lenguas Extranjeras donde aprendí, no sólo idiomas diferentes, sino a usarlos en la traducción (pasar un texto de un idioma a otro), la interpretación (traducir la palabra hablada, como un discurso) y la enseñanza. Desde entonces, el poder transmitir con mis alumnos los conocimientos que tanto me han fascinado sobre un idioma extranjero y las maravillas de la lengua ha sido mi pasión en la vida.

Mi experiencia ha sido mayormente enseñando inglés y francés a adultos y a universitarios. Y a lo largo de mi carrera me he encontrado con todo tipo de alumnos, aunque hay una clasificación que siempre ha resaltado: los que están súper motivados y son buenos para lo idiomas; los que son buenos, pero les falta motivación; los motivados pero que por más que se esfuerzan no pasan del 6 o 7 (en México se asigna una calificación o nota del 0 al 10, siendo el 6 el mínimo aprobatorio); y los que no tienen motivación ni se les da aprender un idioma extranjero. Yo considero que nunca he tenido cierta preferencia, aunque claro que trabajar con alumnos motivados y que son buenos siempre hace el trabajo más fácil, disfruto el reto de motivar a los que no les interesa mucho el idioma y el de ayudar a comprender a los que les cuesta trabajo entender. 

La historia particular de la que quiero hablar es de una alumna que cae en la categoría dos; su motivación: cien por ciento; su habilidad para retener lo que aprendíamos en el día a día: cero. Ella era una alumna del primer año de la misma licenciatura que yo estudié, y como tal, es necesario abordar el idioma desde una perspectiva más profunda. Cuando nos preparamos para ser traductores, intérpretes, maestros, no es suficiente conocer mucho vocabulario o tener la fluidez para comunicarse o saber cómo enviar un correo o escribir un CV en ese idioma; se necesita una comprensión del funcionamiento del idioma que se da a través de la gramática. Y, a veces, lo que hace que los conceptos de gramática se nos compliquen es que son algo abstracto, no podemos tocar ni sentir un adverbio, ni vamos por la vida viendo el sintagma nominal caminando por la calle.

Fue precisamente en este punto donde comencé a notar las dificultades que tenía mi alumna. El vocabulario lo conocía muy bien, las frases que ya conocía las usaba correctamente, pero a la hora de hablar de los conceptos más básicos de la gramática, como el sustantivo, el verbo o el adjetivo, parecía que le estaba hablando en chino. Mi primer instinto fue el de evaluar si tal vez tenía algún déficit de atención o dificultad para el aprendizaje. Como no era la única maestra que lo había notado, se decidió que le hicieran una evaluación psicométrica. Todo salió normal. Tal vez se lo puedan imaginar, pero yo estaba muy frustrada porque, por más que me esforzaba en buscar la raíz del problema, de usar ejemplos diferentes, de hacer repasos todos los días para que recordara lo que habíamos visto el día anterior, no lograba avanzar con ella. 

Hasta que, por la gracia de Dios (porque para este punto, ya estaba clamando por su sabiduría sobrenatural) empecé a notar ciertos destellos de lo que parecía la respuesta. El primero fue en la entrega de calificaciones, mi alumna terminó deshecha después de que le entregara su examen y viera lo mal que le había ido. Su semblante cambió completamente, de estar contenta y emocionada, ahora estaba cabizbaja y hasta conteniendo las lágrimas. La segunda vez que noté algo parecido fue durante las siguientes clases, en las que yo le hacía alguna pregunta o le pedía algún ejemplo y ella tardaba demasiado en contestar o simplemente decía que no sabía, a pesar de que habíamos revisado el tema diez minutos antes. A veces le insistía un poco más hasta que me contestaba ¡y con la respuesta correcta! Entonces, me llegó como revelación divina: su problema no sólo es que los conceptos sean tan abstractos, aunque sí era una parte, sino que necesitaba reafirmación en su identidad. 

El resto del semestre me dediqué a hacerle saber a ella y a su compañera (era un grupo de sólo dos alumnas) que su valor no estaba en el número que se reflejaba en el sistema de calificaciones, que mi salón de clases era un lugar seguro para cometer errores y que, si así sucedía, podíamos caminar juntas y no las iba a dejar hasta que lograran comprender y utilizar lo que estábamos aprendiendo. En mi método de enseñanza también cambié un poco. Por su ambiente familiar, la presión de ser perfecta le había hecho ser madura en ciertos aspectos de su vida y encargarse de cosas que normalmente un adulto ya formado haría, pero por otro, tratando de vivir la niñez que no había tenido tan plenamente. Así que comencé a llevarles juegos para niños donde pudiéramos explorar los conceptos abstractos de una manera más lúdica y visual, donde el aprendizaje significativo viniera de las emociones positivas que experimentaban en clase más que de una explicación profunda. 

Yo me convertí en su maestra más querida, pero yo sé que no era por lo “buena maestra” que pudiera ser yo, sino porque el Señor a través de mí suplió una pequeña necesidad en su corazón de saber quién es ella y su verdadero valor.  Ahora que ya no me dedico a la docencia de tiempo completo, he podido reflexionar en mi actitud al principio y cómo me frustraba no poder tratarla como a todos mis demás alumnos universitarios, y ver el gran cambio y avance en ella porque, por lo menos dos horas al día, tenía un lugar seguro para aprender y donde se le reconocía por quién es y no por lo que logra.

Yo sé que no todos tenemos un trasfondo de estudios de docencia, tal vez eres alguien que comenzó a dar clases porque no había otro trabajo o ahora te has visto en la necesidad de enseñarle a tus hijos en casa y tal vez te sientas perdido o perdida, pero todos tenemos al alcance al Espíritu Santo que conoce las necesidades de cada alumno e hijo y él como Ayudador está con nosotros para guiarnos y darnos el discernimiento para darle a cada niño la educación que necesita y merece.

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