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El éxito del fracaso

¿Quién no ha escuchado a un padre decir a su hijo las respuestas, impidiéndole pensar por sí mismo?  ¿Quién no ha sido regañado o ha visto a otros regañar a un niño porque se le ha caído un vaso de agua o ha roto un vaso al intentar llevarlo a otro lugar?

El adulto que castiga el error acaso ha olvidado que cuando comenzamos a andar nos tropezamos varias veces hasta que finalmente conseguimos dar pasos firmes; Acaso ha olvidado que cuando estamos comenzando a hablar, equivocamos durante un largo tiempo las palabras, hasta que finalmente conseguimos tener un léxico correcto.

Vivimos en una sociedad que concede poco o ningún margen de error y desde pequeños somos enseñados a ver este error como un acto que debe ser evitado y que, en muchas ocasiones, es castigado por el adulto.

La realidad es que nadie quiere equivocarse ni fracasar, ya que nuestro objetivo final es lograr el éxito. El problema es cuando el deseo de hacer las cosas bien se trasforma en un temor que nos impide dar pasos por miedo al fracaso. Es en este momento, donde perdemos la libertad con la que fuimos diseñados y podemos perder el propósito para el que fuimos creados, siendo este propósito el que realmente va a hacer que nuestra vida tenga un sentido pleno.

El niño que quiere aprender a montar en bicicleta pone por encima el deseo de aprender a la posibilidad de caerse. Y es ese deseo de lograr una meta la que debería acompañarnos en nuestro caminar y no el temor a la caída, porque sólo en la caída es donde podremos aprender cómo llegar al éxito.

Si investigamos sobre la vida de personas que obtuvieron grandes éxitos, descubriremos que la antesala de estos fue un gran número de fracasos que no les condujeron a abandonar su meta.

Thomas Edison, antes de descubrir el funcionamiento de la bombilla, encontró 10.000 maneras de cómo no funcionaba su experimento.

Si trasladamos esto a la enseñanza, es habitual que, como adultos, mostremos prisa e impaciencia por ver resultados en el aula, y olvidamos que acompañar a nuestros alumnos a la meta, es un proceso que supone tiempo, paciencia y respeto.

Y es en este proceso, donde debemos ayudar al alumno a entender su error, aprender de él y mejorar.

Termino este artículo con dos versículos de la biblia que me han acompañado en mi labor de educador: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” y “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”.

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