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¿Qué hacer en los días difíciles?

Las últimas semanas han sido difíciles, ¿quién no ha tenido días difíciles?

Como maestros, papás, mamás o como personas en general, siempre tendremos dificultades: un alumno que requiere más de mi esfuerzo y atención, calificaciones que deben estar listas para hoy, un hijo que llora inconsolable porque sólo quiere estar en los brazos de papá y papá debe irse al trabajo, una montaña de trastes o ropa por lavar, una deuda, una enfermedad, una crisis, una muerte.

Siempre nos enfrentaremos a situaciones que rebasan nuestras fuerzas, nuestro ánimo o emociones. Jesús nos promete en el evangelio de Juan 16:33: «Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas», y sinceramente es una promesa que no quisiéramos tomar, mejor sería tomar aquellas que dicen: «llegarán días en donde traeré bendición a mi pueblo Israel y a la tribu de Judá» (Jr. 33:14), es más confortante, me dan más ganas de tener esas promesas en mi vida, ¿a ti también?

En ocasiones, olvidamos que estamos en un mundo caído, en un lugar donde todavía no hay justicia, en donde todavía no hay sanidades eternas, en donde hay robos, obscuridad, muerte; un mundo que, como leíamos antes, está lleno de aflicciones, lleno de dolor, miedo, incertidumbre y tristeza, pero detengámonos un minuto, estamos olvidando la continuación de la promesa.

Me encanta leer esta parte que conforta, que anima, que da un respiro y esperanza, dice: «pero anímense, porque yo he vencido al mundo». ¿Apoco no respiraste?, ¿no sentiste que algo pesado que traías cargando de repente se desvaneció?

Wow, qué bella noticia, qué hermoso consuelo, ¡Jesús ha vencido! Jesús ha derrotado al mundo, y aunque cuando volteo aún está la ropa sucia, la deuda por pagar, está mi alumno, mi hijo desconsolado, la muerte, puedo confiar que también está la luz, la victoria eterna, el respiro que me promete que todo estará bien, que sólo es una dificultad pasajera y que hay esperanza eterna.

Quiero compartir contigo tres puntos que me han ayudado en momentos difíciles:

1. Valida tus emociones. Muchas veces pensamos que por ser creyentes debemos dejar a un lado nuestras emociones. Que sentirnos tristes o llorar está mal y, en verdad, es todo lo contrario, pues Dios mismo nos hizo carne, Jesús mismo fue hecho carne y este cuerpo tiene sentimientos y emociones dadas por Él.

Recordemos juntos un pasaje de la escritura en donde se nos cuenta cómo se sintió Jesús ante una situación difícil. En Juan 11:35, el versículo más pequeño de la Biblia, dice: «Jesús lloró». Nuestro Señor estaba triste por la muerte de su amigo, estaba triste al ver la tristeza que invadía a Marta y María, también nos explica que Jesús estaba conmovido en extremo.

Podemos observar que Él validó sus emociones, no las reprimió ni las guardó, no dijo «¿Qué va a pensar la gente si me ve en este estado?». Él lo sintió, fue consciente de lo que estaba pasando y entregó ese momento a Su Padre; lo que nos lleva al siguiente punto.

2. Entrega tus emociones a Dios. Continuando con la lectura, en el versículo 41, dice: «Entonces quitaron la piedra. Jesús alzó los ojos, y dijo: Padre, te doy gracias porque me has oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que me rodea, para que crean que Tú me has enviado».

Qué increíble es nuestro Jesús, que, aunque no estábamos en ese momento entre la multitud, sabía que escucharíamos esta historia y que estaríamos en este tiempo dentro de la multitud actual, sabía que necesitaríamos conocer cómo se sintió ante un momento difícil y que íbamos a necesitar aprender a entregar y rendir a sus pies lo que sentimos ante la situación que parece rebasarnos.

Te invito a que puedas ir a Jesús, entrégale tu tristeza, tu frustración, tu enojo, tus expectativas; Él está deseoso y dispuesto a escucharte, a tomar lo que te aflige y a llenarte totalmente de su paz que sobrepasa todo lo que parece aplastarnos.

3. Recuerda una promesa que Él te ha dado. ¿Te diste cuenta, en la lectura anterior, que Jesús estaba seguro de que Su Padre lo escuchaba cuando hablaba? «Padre, te doy gracias porque me has oído. Yo sabía que siempre me oyes…». De esta misma manera, nosotros debemos estar seguros de que nuestro Dios nos oye, nos ve, está con nosotros en el fuego como lo estuvo con Daniel y sus amigos, ¿te acuerdas?

O qué tal cuando David escribió en el Salmo 23: «Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo»; y qué decir de la promesa en la primera carta de Pedro cuando nos anuncia que nuestra fe será pasada por fuego, pero nos alienta explicando que será hallada en alabanza, gloria y honra a Jesús. Estoy segura de que, a ti, como lo ha hecho conmigo, Dios te ha dejado una promesa de la cual puedes aferrarte ante momentos de tempestad; recuérdala, no la dejes a un lado, léela y vuélvela a leer, abrázala, estando seguro o segura de que tu Dios mismo está ahí contigo.

Maestro, mamá, papá, cuando venga una dificultad recuerda: es difícil, sí, me rebasa, sí; el dolor es real, sí, siento que todo está muy obscuro, sí, sí lo está, pero entonces recuérdale a tu corazón que Jesús también está, que ya venció, Jesús ya te dio el amor que tu alumno necesita, Jesús ya pagó la deuda más grande que ni tú ni yo hubiéramos podido pagar con todo el dinero del mundo, que Jesús ya venció la muerte, que es suficiente, recuérdale a tu corazón que hay días difíciles, pero no días sin Dios.

Sí, las últimas semanas han sido difíciles, pero las últimas semanas he podido ver a Dios.

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